sábado, 20 de julio de 2013

Almost


Casi casi no pienso en ti cada día.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

jueves, 12 de julio de 2012

Viejunidad

- Estrenar zapatillas nuevas y salir corriendo desde el portal toda la calle hasta la plaza de la esquina. - Que mi padre trajera cajas enormes con trocitos de poliespan y puediesemos jugar con ellos toda la tarde, ducha de poliespan incluida. - Construir ciudades y laberintos con cajas de cartón y explorar todos los recovecos. - Comerte un postre especial. - Ir de excursión al campo, cantar canciones por el camino apretados en el coche, jugar a veo-veo, palabras encadenadas, un barco vino cargado de la habana. comer sobre mantas, ponernos las chirucas, subirnos a los árboles. Hacer guerras de piñas. Andar descalzos. Nadar en el río, salir morados y tomar el sol después. Encontrarnos caballos salvajes, pastores que perdían ovejas y que llevaban corderitos al hombro, vacas. Encontrar fósiles, descubrir yacimientos arqueológicos, jugar al futbol. Volver derrotados a casa, que mi madre nos contara historias de paleontólogos en África (sin saber que yo iría a una de sus charlas al menos veinte años después). Quedarte dormida en el asiento trasero y que tus padres te subieran en brazos los tres pisos (¿es que nunca funcionaba el ascensor?). - Que mi madre nos llamase patatafrita. - Leer los cinco en la cama de mis padres, preferiblemente El Pequeño Vampiro o alguno de Roal Dahl.

domingo, 25 de marzo de 2012

¿Que hace una chica como tu...?

La primera vez (pero no última) que fui a un karaoke me llevó J. y yo tenía 17 años. No sé en que momento pensó que era una buena idea, pero ahí fuimos junto a Jaracandá, D, y un amigo de J. que acaba de llegar de Irlanda. Que yo accediera a seguir semejante plan tiene varias explicaciones. La primera y obvia, que en aquel entonces besaba el suelo por el que pisaba J. y accedía a casi cualquier plan absurdo que propusiera. Segundo, que el karaoke en cuestión era un restaurante chino cerca de Noviciado, con precios casi ridículos en las bebidas alcohólicas (¿en qué momento se puso de moda beber pacharán en los restaurantes chino?). Que D. y el amigo de J. recién llegado de Irlanda estuvieran allí, se debe, supongo, a un concepto de amistad extrema y a que, en realidad, era una especie de celebración de bienvenida para el viajante. Y si en esa fiesta tu amigo te está presentando a su nueva novieta, supongo que no había posibilidad de decir que no. Que Jaracandá accediera a ir es un hecho que, aun a día de hoy, no tiene explicación. Pero allí fuimos. Creo que no hace falta decir que Jaracandá, el recién aterrizado y yo estuvimos toda la noche (o lo que duró el espectáculo) sentados en nuestras sillas de madera en un restaurante completamente vacío bebiendo cerveza mientras poníamos caras raras mezclas de vergüenza ajena y propia y J. y D. se cantaban todos los temazos de los ochenta y noventa. Ante la mirada atónita de los camareros, que yo creo que se querían ir a su casa a dormir o al menos quedarse tranquilos en el negocio sin tener que oír a dos jovenzuelos desgañitar temas pop. Se que aquella noche me lo pasé muy bien y me reí bastante, pese a morirme de verguenza cuando a J. le dio por dedicarme el primer tema de la sesión. Obvia, la canción elegida. Los muchachos con flequillo, que son todos unos sentimentales.

http://www.youtube.com/watch?v=Ry-0LiE7GOM&NR=1&feature=endscreen

martes, 13 de marzo de 2012

En que pienso ultimamente

La política del Salvador tras las elecciones presidenciales. El color del cielo en Roma durante todo el congreso y lo lindo que es el italiano. Las cenas y la comida. Andar por ahí y sentirme parte de la ciudad en diez segundos. Oscar Wao y su forma de ser. Un articulo que he encontrado por ahí mientras buscaba otra cosa. La música de los Rodríguez. Las vacaciones de semana santa. El concepto de memoria. La ausencia, por primera vez en mucho tiempo, de una lista mental sobre libros que quiero leer. El inglés. Mi ausencia de inglés. Mis reflexiones sobre mi cerebro y la anemia. Las agujetas. La sensación de cansancio físico después de una hora de deporte. Cagarme en el FMI. Seguir creyendo en la humanidad, pese a todo. Futbol los domingos. Y, a veces y siempre, arqueología.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Ya ves

Me acuerdo perfectamente de cuando se murió Aranguren. Yo estaba en el colegio, creo que a punto de terminarlo, pero no sabría decir si fue en séptimo u octavo. Me acuerdo del día que se murió, pero no me acuerdo gracias a él. De hecho, yo en aquel entonces casi no sabía quien era Aranguren. Y lamentablemente debo decir que hoy día tampoco lo sé. Me acuerdo de que cuando me enteré pensé que no importaba que en ese momento no supiera quien era, porque aun tenía que ir a la Universidad, cuna de conocimiento, y allí probablemente me hablarían de aquel señor y de su filosofía, que, vistos los noticieros de aquel día, había sido tan importante para la formación intelectual de nuestro país. Ilusa yo, supongo, por creer en el sistema universitario.
Me acuerdo de llegar a clase triste y meditabunda. Me había pasado la noche pensando sobre los acontecimientos acaecidos la noche anterior e ir al colegio se me antojó una desfachatez. En lo más intimo de mi ser, claro, porque por aquel entonces no se me habría ocurrido faltar a clase o plantearlo si quiera, aunque todos los días llevaba a cabo mi batalla inconsciente contra la EGB. Así que me levanté como todos los días dispuesta a llegar tarde. Tardé horas en desayunar, remoloneé en la cama, no me lavé los dientes hasta que mi padre no empezó a poner los ojos en blanco. Todos los días igual. Si lo pienso, en realidad toda la vida igual. No sé cuando empezó esa angustia hacia el colegio, pero sé que no me ha abandonado. El instituto fue un infierno plagado de faltas de asistencia. La mitad de mis clases en la facultad me las pasé en la cafetería, la biblioteca o el cine. Y todos los días me alegro de tener un trabajo con horarios flexibles, porque si no, haría ya tiempo que estaría ensanchando la cola del paro.
No se por qué, pero cuando yo era pequeña lo cubano estaba de moda en España. O a lo mejor estaba de moda para mi, no lo sé. Los que empezábamos a interesarnos por la política nos sabíamos al dedillo los dimes y diretes de la revolución cubana y sus ideologías embargadas y la discografía completa de Silvio Rodríguez como mínimo. Luego estaba Pablo Milanés, la biografía del Che Guevara, los escritos de Fidel Castro que llegaron a mi casa de manos de un familiar cubano y mis padres me cedieron muy gustosamente, los relatos de los que vivían entre dos países que en mi familia abundaban, escritores exiliados y sin exiliar que salían en las noticias (Taibo, Valdés, Leguina, el político socialista, que escribió un libro sobre La Habana) y el cine. No sé por qué, hubo un boom cinematográfico y los actores cubanos aparecieron en escena. Y yo, que por aquel entonces tenía sueños de dirigir, los seguí atentamente. A lo mejor me equivoco, pero el gran precursor de aquel boom cinematográfico fue la película Fresa y Chocolate, y consiguientemente su director Tomás Gutiérrez Alea. No se si fui al cine a verla, no lo recuerdo. Pero si que me acuerdo de que teníamos una cinta de VHS que veíamos una y otra vez. No sé que tiene esa peli que me cambió la forma de ver las cosas. Aun a día de hoy es mi peli preferida con diferencia. Luego llegaron Guantanamera y otras películas donde salía Perugorría. Para mi, Fresa y chocolate cerró un circulo perfecto formado por mi interés político, cinematográfico, literario y aventurero. Creo que sobra decir que me sentía un poco sóla en el sistema educativo. Me prometí ahorrar todo lo que pudiera para viajar a Cuba con los 18 recién cumplidos. Ver las cosas por mi misma, estudiar cine, probablemente enamorarme, que se yo. Y entonces, un día, Tomás Gutiérrez Alea se murió. Y yo me fui al colegio con aire compungido y una chica a la entrada de clase me dijo: -¿viste las noticias ayer? estoy muy triste. Y entonces, con cara de sorpresa y pensando, o puede ser, alguien normal, dije :-si, yo también estoy muy triste. Y la chica, abriendo su cuaderno, me dijo: - que pena que se muriera Aranguren.



martes, 15 de noviembre de 2011

Modelo dual

Pasa que cuando estás fuera (léase fuera como se quiera, nacionalismos y transfronterismos mediante) todo el mundo se siente con derecho a opinar. Por lo general, son opiniones llenas de verdades absolutas. “Estar fuera es lo mejor que te puede pasar, vivir fuera abre la mente, vivir fuera te hace mejor persona”. Y encima, si estar fuera está englobado en un contexto de crisis mundial y se refiere a un país al que la crisis toca de refilón (por no decir que se está beneficiando de ella, pero eso no se puede decir en voz alta) los consejos-ordenes se multiplican por mil. “No vuelvas, Volver será imposible, mejor para ti, consíguete un puesto en alguna empresa/Universidad/laboratorio/lugar y quédate allí, mucho mejor que vivir aquí, donde no se puede prosperar” y lindeces por el estilo. Yo generalmente sonrío y no digo ni miau. Me atiborro de monosílabos o de frases vacías “si, si, ya, si eso ya lo se yo, claro, es que si todo sigue igual pues…si, ya veremos a ver que pasa”. Da igual que sean mis tíos, mis vecinos del segundo o el taxista que me lleva al aeropuerto a las cinco y media de la mañana “váyase haciendo a la idea de que este país no puede absorber a todos los que están fuera”. Pero para que lo sepan todos esos que se sienten tan seguros de sus palabras: vivir fuera no sólo te hace más abierto, sino que también te hace darte de bruces con el racismo y el clasismo imperante. Ganar más dinero o trabajar en Europa no es prosperar. Y sentirse encerrado en una dualidad vital no te hace feliz ni es lo mejor que te puede pasar, sino que hace que tu corazón y tu cerebro estén a la greña todo el santo día.